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Seguridad industrial desde el diseño: cómo prevenir riesgos antes de construir
¿Sabes que muchos de los accidentes graves en plantas industriales tienen su origen en errores de diseño? No hablamos de fallos operativos ni negligencias durante la producción, sino de decisiones tomadas mucho antes de levantar el primer muro. Por eso es tan importante hablar de seguridad industrial desde el primer momento.
Zonas de almacenamiento con distancias mal calculadas, vías de evacuación atoradas por un flujo de mercancías mal diseñado… Lamentablemente, estas situaciones son demasiado habituales.
Y pueden tener un coste muy alto hasta el punto de dañar seriamente la reputación de la empresa, paralizar la producción, o peor: cobrarse vidas.
Dando por hecho que una instalación cumpla las normativas vigentes, se debe ir más allá. La auténtica seguridad industrial se piensa, se diseña y se integra desde el primer boceto. ¿Te interesa que tus proyectos anticipen riesgos en lugar de lamentarlos? Aquí desvelamos las claves.
Los 3 errores de diseño que comprometen la seguridad de una instalación industrial
¿Qué hace que un diseño pase de ser funcional a inseguro? El origen está en proyectos que priorizan la estética, funcionalidad o presupuesto sobre la integración de medidas de seguridad desde el diseño.
Aunque es tentador considerar la prevención de riesgos como un paso posterior, una “capa” que se añade más tarde, cuando todo está finalizado y funcionando, lo cierto es que trabajar de ese modo tiene consecuencias.
El enfoque correcto es convertir la seguridad en un diferenciador estratégico, alineado con la demanda actual de espacios empresariales responsables. Para ello, hay que poner el foco en tres factores críticos que, aunque puedan parecer técnicamente solventes en papel, generan vulnerabilidades:
1. Ignorar los puntos de fricción entre procesos
La zonificación estratégica es la base de un diseño industrial seguro. Cuando procesos incompatibles convergen en un mismo espacio, se crean riesgos sistémicos difíciles de mitigar a posteriori.
La solución óptima no es añadir señalética de advertencia o barreras temporales, sino diseñar flujos paralelos, con márgenes de separación que superen los mínimos reglamentarios.
Una forma de hacerlo es, por ejemplo, aplicando el principio de «seguridad por segregación», es decir, aislando físicamente los procesos críticos mediante distancias ampliadas y barreras estructurales.
Esto implica, por ejemplo, ubicar áreas de alto riesgo en extremos opuestos de la nave, incluso cuando requiere mayor inversión en superficie. Porque no buscamos solo cumplir estándares, sino crear márgenes de seguridad capaces de absorber imprevistos operativos.
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2. Calcular el espacio descuidando el factor humano
Las dimensiones teóricas de pasillos y vías de evacuación deben considerar el estrés físico y psicológico durante una emergencia: un operario equipado con traje de protección y herramienta pesada puede necesitar hasta un 40% más de espacio libre para maniobrar que lo indicado en cálculos estáticos.
Otros factores que se pueden tener en cuenta en el diseño son aquellos que replican movimientos en situaciones límite: giros con carga, desplazamientos con visibilidad reducida o evacuaciones bajo presión temporal.
Cada ruta de emergencia debe permitir no solo el paso, sino la operatividad real en cualquier escenario.
3. Elegir materiales que no resisten el estrés operativo real
Un error común es seleccionar materiales basándose únicamente en su rendimiento teórico, sin analizar cómo interactuarán con el entorno. Por ejemplo, cerramientos con alta resistencia al fuego pero baja capacidad para soportar vibraciones continuas de maquinaria pesada terminan generando puntos débiles estructurales.
Lo recomendable es hacer análisis considerando todas las variables: rangos térmicos extremos, frecuencias de vibración predominantes y ciclos de fatiga material. Las soluciones elegidas deben demostrar estabilidad en las condiciones reales del día a día y no solo sobre el papel.
Metodología preventiva en 4 etapas clave
Ante los riesgos derivados de diseños mal planificados, solo una metodología estructurada permite transformar la seguridad de un requisito normativo en un activo operativo. La clave radica en intervenir antes de que los planos se consoliden, cuando cada decisión arquitectónica aún puede reorientarse sin costes mayores.
Esta aproximación preventiva exige superar el enfoque reactivo tradicional, que actúa sobre problemas ya existentes, para implantar un sistema que anticipe escenarios críticos. De manera genérica, la metodología podría resumirse en estas 4 fases:
- Evaluación de riesgos en fase conceptual: el proceso inicia con un análisis exhaustivo de los procesos operativos y sus interacciones críticas. La identificación temprana de puntos de fricción, como manipulación de sustancias peligrosas o flujos de alto tráfico, establece los criterios de diseño base.
- Simulación digital de escenarios críticos: mediante modelado BIM avanzado, se recrea el comportamiento del diseño ante incendios, fugas o fallos estructurales. Esta fase revela vulnerabilidades no evidentes en planimetría estática, como acumulaciones de gases en zonas no ventiladas.
- Integración arquitectónica de protocolos: los requisitos de seguridad se materializan en elementos constructivos: muros cortafuegos estructurales, pendientes de drenaje integradas en suelos o sistemas de ventilación pasiva estratégicamente ubicados.
- Validación interdepartamental: la fase final incorpora revisiones prácticas con equipos operativos y de mantenimiento, cuya experiencia detecta riesgos no previstos en modelos teóricos, asegurando un diseño ajustado a la realidad productiva.
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Otro punto a tener en cuenta es que diseñar la seguridad desde la concepción del proyecto multiplica el ROI, al reducir costes de incidentes o accidentes, paralizaciones de actividad y rediseños para solucionar problemas.
Así que si vas a poner en marcha un proyecto de construcción industrial y te preocupa la seguridad, pregúntanos antes, y deja que nuestro equipo te asesore sin compromiso.



